22 de abril de 2012

Un Son que no se olvida


Luego de solucionar, más o menos, los desperfectos técnicos del blog, tratamos de continuar nuestros esfuerzos en el mismo. Aunque, para ser honestos, hoy no escribimos nosotros, sino que compartimos una historia que nos mandó desde Cuba nuestro hermano Bartolo E. Ugalde Ramírez. Una vez más: gracias Bartolo por enriquecernos con tus sentidas crónicas de la parroquia manzanillera. ¡Y muchas gracias también a Salvador (Salvito) Galliano Garay a y Carola (Cari) Yaque por compartir con nosotros fotos del momento!

Un son que no se olvida (crónica sobre la visita del Padre Aguedo a Manzanillo, Diciembre de 2011).

Con una sorprendente asistencia, en particular de casi todos los que un día compartimos con el padre Águedo cuando fuera nuestro párroco entre 1970 y 1977, y con la lucida presencia del coro Santa Cecilia, participamos en la Santa Misa presidida por él, junto a otros dos frailes, uno de ellos el Superior General de la Orden en Cuba.

 
El Padre Aguedo con algunos hermanos de la comunidad de Manzanillo. El primero a la izquierda, con una gorra, es Bartolo, autor de este escrito (y a quien su modestia nunca le permitiría señalarse, así que nosotros lo hacemos por él).
Una vez terminada la Eucaristía me dirigí al Padre para felicitarlo por la homilía tan sencilla y profunda que sin lugar a dudas nos había regalado aquella grata mañana navideña, pero él, como podía haberme imaginado anticipadamente, me esquivó levantando su brazo en señal de total desacuerdo. Pienso que él no se creyó merecedor de mi elogio sincero por su gran humildad, sin embargo lo cierto es que supo hacerlo con mucha sabiduría, respaldada ésta por el peso de una vida sacerdotal de más de 50 años. Yo no oía sus sermones desde aquellos pasados años, cuando el sacerdote de unos 40 años aún no había alcanzado la madurez espiritual de hoy ni yo, su feligrés veinteañero, la experiencia para saborear sus enseñanzas. 

Mi  reencuentro con el padre Aguedo o Aguedito como solían llamarle sus más cercanos de la comunidad ha sido para mí un suceso muy positivo. Espero que también para él el haber vuelto sobre sus huellas, después de tanto tiempo, a su antigua parroquia de la Purísima Concepción de Manzanillo. La única visita que él recuerda fue muy breve en el año 1992 a propósito de la ordenación episcopal del padre Carlos Baladrón.

El mensaje de su predicación, además bajo el efecto de no pocas emociones, no pudo ser más afín a la fiesta de San Juan evangelista, el 27 del último mes del año, con los temas predilectos del discípulo amado, algunos de una u otra forma abordados por el amigo sacerdote con la simplicidad que lo distingue. Si queremos ser testigos de la luz tenemos que amar, perdonar, acoger, comprender… 

El padre Aguedo con el casi centenario Nono Escala, uno de los pilares históricos de la parroquia manzanillera.

Ya al término de su predicación nos narró una anécdota, un recuerdo suyo entre tantos, de cuando él estaba con nosotros. El y otro hermano de la comunidad, a quien todos los de aquella época recordamos bien, se habían pasado una mañana completa, bajo el sol, trabajando duro para tratar de resolver un grave problema: ¡No había agua en la casa parroquial! Desarmaron y armaron varias veces la turbina pensando que el problema estaba allí, chequearon tuberías, etc. y nada. Dados por vencidos y agobiados, se despidieron, el padre subió a su habitación y el hermano se fue a su casa hasta un nuevo intento. Y nos narra el sacerdote que estando en su cuarto y no pudiendo conciliar el descanso se le alumbró el bombillo…  bajó corriendo las escaleras y al destapar la cisterna vio que estaba seca. Y lo que ocurría era que un pequeño “palito” trababa el flotante, impidiendo que el agua fluyera al depósito. Solo tuvo el padre que quitar el pequeño obstáculo y en el acto la cisterna comenzó a recibir a la útil, humilde, preciosa y casta hermana. Y apuntaba el sacerdote en su sermón que así suele pasar en la vida. A veces basta que hagamos algo muy sencillo, hasta mecánico, para hacer que las relaciones de amor fluyan, que las personas sientan que son más que meros seres humanos. Una sonrisa, una palabra de cariño, un perdón, un apretón de manos. A veces queremos hacer algo grande, llamativo pero no es necesario, basta un detalle, mínimo, algo fácil, nada complicado para que al agua del amor fluya y llene la vida de esos hermanos a los que muy probablemente nosotros mismos hemos ahuyentado con nuestras actitudes de prepotencia, con una palabra dura o un NO tajante. 

Yo hubiera querido grabar ese mensaje. Así se lo comenté a Salvito Galliano que estaba a mi lado en el primer banco y me dio su aprobación. No es igual que yo lo escriba ahora con mis palabras.

El padre Aguedo de la Orden de los Frailes Menores fue y es una persona sumamente original, cura campechano, buen cubano que fumaba tabaco (ya no, pues se lo quitó el médico) y jugaba dominó (ya no pues dice que no tiene con quien) con su boina que a mí me recuerda que hizo estudios en España, siempre jaranero y que, gracias a Dios, sigue teniendo a Manzanillo como punto de referencia y muy dentro de su corazón. El lo dijo al comenzar su homilía, lo ratificó el Superior General antes de la bendición y el propio padre Aguedo lo acuñó cuando expresó, ya saliendo del presbiterio y adelantándose al canto final. “Ahora lo que hay que cantar es en Manzanillo se baila el son…” (copla popular manzanillera), haciendo así reír con él a toda la Asamblea. Visitó, además de la Purísima, las comunidades de la Costa donde también fue sacerdote.

Y se fue, sin despedida, hacia su actual comunidad de San Antonio en Miramar (Ciudad de La Habana), a las 4 de la madrugada en el microbús que lo trajo. ¡Gracias por tu visita, fray Aguedo!

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